Paz, piedad y perdón.
Paz, piedad y perdón. Esas eran las palabras que reproducía mi televisor mientras observaba con sumo interés el documental "Manuel Azaña, un soñador sin ventura". Una serie noventera que permite repasar la vida de uno de los intelectuales más infravalorados de la historia de nuestro país. Sin embargo, mientras viajaba al ayuntamiento de la ciudad condal en un triste 18 de Julio de 1938, en pleno final de la guerra civil, presenciando in situ los últimos coletazos del ejército republicano abatido, casi con totalidad por los facciosos. Recibí una notificación que me dejó perplejo. Esta decía: "Decapitado un profesor francés a las afueras de París".
En ese preciso instante, noté como quedaba poseído por la impotencia y la rabia. Interrumpí el visionado del documental. Necesitaba parar a reflexionar y encontrar una explicación razonable. ¿Qué narices puede justificar acabar con el bien jurídico más importante de cualquier ser humano? ¿En qué hemos evolucionado? ¿Quién se cree ese cobarde desalmado para acabar con la vida de alguien?
Con tanta pregunta, me apresuré en hallar un noticiario que estuviera cubriendo la tragedia del día. Teníamos un asesinado por mostrar una caricatura, un compañero había sido decapitado por hacer su trabajo, dar una clase sobre la libertad de expresión.
Atónito, pude comprobar como si de una pesadilla se tratará, que ni un solo medio -exceptuando el canal público 24 horas- se había hecho eco de la noticia del día. Me informé de la situación y con un enfado monumental apagué el televisor. Qué razón tenía Taylor cuando lamentando la victoria del individualismo frente al Antiguo Régimen alegaba que nuestra sociedad había quedado deshumanizada.
Parece ser que en la actualidad la docencia se ha convertido en una profesión de riesgo. No solamente por la pandemia mundial que nos sacude, sino por ese analfabetismo sobresaltado que se niega a vivir en concordia destruyendo la mayor riqueza que pueda poseer una nación, su educación. Podrán atacarla, perseguirla e incluso combatirla. Pero jamás, jamás podrán diluir la profesionalidad de nuestros servidores públicos. Desde luego, si existe una profesión vocacional, esta es, sin duda alguna la enseñanza. Y pese a la crueldad que oscurece esta noche de otoño, siempre mantendrá una feroz resistencia contra la intolerancia.
Porque contra los intolerantes, educación y contra el odio, cultura.
Y es que, como bien me anticipó Don Manuel minutos antes del terrible suceso "Si alguna vez sienten que le hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección".
Dedicado a todos aquellos que perdieron la vida defendiendo la libertad.
Ils ne passeront pas!
Marc Luque

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